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Ciberestafas

Jeanne L., 43 años, está enganchada a un nuevo género: "Internet ha ocupado un lugar tan importante en mi universo que ya no tengo una vida verdadera. Miento a quienes me rodean sobre cómo ocupo mi tiempo. Mi marido amenaza con dejarme".
Surgida a raíz de la generalización de Internet, la ciberdependencia está en pleno crecimiento. Abundan los testimonios de usuarios que se consideran enganchados a Internet. Y son cada vez más los psiquiatras que se interesan por la última de las patologías y dependencias surgidas y proponen sus servicios a cambio de dinero contante y sonante.
Como prueba de este interés, la Asociación Estadounidense de Psicología de Chicago presentó en agosto de 1997 un estudio realizado por Kimberley Young. Esta psicóloga de la Universidad de Pittsburg fundó la clínica Center for Online Addiction (Centro para la Adicción a la Red) y ofrece consultas remuneradas. Su estudio, titulado La intoxicación en Internet: cómo la comunicación por ordenador se convierte en una dependencia, es el resultado de conversaciones realizadas con 396 personas, dispersas por todo el planeta, que afirman ser ciberdependientes. Según Kimberley Young, estos hombres y mujeres, sin tener una afinidad especial con las nuevas tecnologías, se pusieron a utilizar las chat rooms, o direcciones para charlar en la Red, para conocer gente, jugar de forma compulsiva y pasarse, como media, 38 horas colgados de la Red. Poco a poco, fueron perdiendo contacto con su familia, sufrieron apuros económicos o perdieron su eficacia en el trabajo.
Según la psicóloga estadounidense, estos ciberdependientes comparten al menos una característica. Casi todos admiten tener carencias a nivel afectivo. La relación de pantalla a pantalla simplifica mucho sus contactos. En el ciberespacio, una persona tímida puede volverse extrovertida, aquella que no tiene interés sexual puede desarrollarlo, un hombre con una personalidad poco marcada es libre de irritarse. "Podemos dejarnos llevar, sin temor a pillar una enfermedad", confiesa Claudio G., 41 años, padre de tres hijos y marido fiel. "Es la forma de dar vía libre a impulsos sexuales ilícitos sin que tengan consecuencias".

Thérese G., de 60 años, ex directiva y jubilada desde hace seis años, no buscaba ninguna relación afectiva cuando comenzó a navegar: "Me acostumbré a frecuentar las direcciones sobre genealogía, sobre música, historia antigua y ahí le conocí. Al principio, compartíamos nuestra pasión común, la egiptología, y todo era muy amistoso". Pero al cabo de unos meses, la relación empezó a zozobrar. "Yo ya no podía arreglármelas sin esas comunicaciones, que se fueron transformando en intercambios apasionados. Cuando el servidor de Jean se estropeó y no pude tener noticias suyas en 20 horas, creí morir. Como quien espera, ansiosamente, una llamada de su amante. Salvo que, en mi caso, nunca nos habíamos visto ni tocado".
¿Es necesario, por lo tanto, acusar a Internet de suscitar una adicción específica? No todos los enganchados a la Red se sienten torturados por un comportamiento con el que los vendedores de terapias han hecho su fortuna comercial, y se niegan a convertir a Internet en cabeza de turco. Internet está llena de páginas en las que los ciberadictos, jóvenes o jubilados, encerrados en una habitación en el corazón de Nueva York o en una universidad en lo más alto de las Rocosas, se exhiben con orgullo. Algunos han formado grupos de apoyo. Pero estas reuniones no se han creado para aliviar sus miserias, reales o imaginarias, sino para proporcionar más direcciones útiles, lugares de discusión y recursos, divirtiéndose a costa de los demás. Como subraya en un mensaje a la comunidad de redahólicos Larry Cooke, internauta apasionado, dice: "paso demasiado tiempo con este estúpido ordenador, pero tengo otro problema más grave. ¡Me falta tiempo para estar todavía más con el ordenador! ¡Ayúdenme!".